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El Partido Español

Si hay algo bueno con la abdicación del Rey de España, es que lo medios de comunicación en este país, adaptados a explotar un tema hasta la última gota, han dejado descansar su guerra de  guerrillas contra el partido PODEMOS. Pablo Iglesias y sus cinco escaños en el Parlamento europeo, hicieron las delicias, y dolores de cabeza también, de todos los periódicos y tertulias la semana pasado. Hoy lunes, a otra cosa mariposa que el Rey se va.

El esfuerzo ha sido colosal, se han extendido los programas de la mañana hasta las 3 de la tarde, justo a tiempo para seguir con un Noticiero monográfico sobre la Monarquía. Sus luces y sus sombras en todas las cadenas de televisión, dependiendo de la ideología más unas que otras, pero el Rey en todos lados, hasta en el deporte. Pero sin pisarle los talones, que el futuro de España se decide dentro de poco en el Mundial de Brasil.

Ahí está el verdadero partido español, en el fútbol. Todos los demás temas son aledaños, circunstanciales, ante el poder de convocatoria de once personas tras un balón. Millones pendientes en su casa de a dónde van sus jugadores preferidos, cuándo juega su equipo o cómo va la preparación del equipo español de fútbol. Lo de “el Rey abdica” puede llenar las parrillas de muchas televisiones, incluso sacar ediciones especiales de los principales diarios, pero es otro más.

FOTO: José Antonio García Sirvent, Mundo Deportivo
El fútbol, ay Juan Carlos, te gana por goleada y cuidado de que coincida la coronación del Príncipe Felipe, VI dicen por ahí, con algún partido de La Roja. “Cuatro o seis semanas”, dicen, el tiempo justo para ir, ganar o perder y qué siga el fútbol.  Al parecer hay más esperanzas en 90 minutos, que en los partidos políticos o en quienes quieren ganar el poder de representar a los españoles. Se pierde menos, no se tiene que estar lamentando cuatro años hasta que se convoquen nuevas elecciones, aunque el Mundial se celebra justo cada cuatro años. Coincidencias democráticas supongo, aunque el Príncipe no se elige, se admite y a reinar.

El único rojo que emociona a cualquier español, sea o no seguidor del fútbol, es La Roja. En femenino porque puede traer conclusiones a la ligera y el PSOE, en pleno debacle, es capaz de proponer en las primarias a uno de los jugadores. ¿Casillas, Iniesta? Sin dudas ganarían más votos que el candidato del PSOE o el PP a las elecciones generales. Quién sabe si con tanto partido pequeño y gente defraudada, hacen “una coalición si España lo necesita“.

Entonces habría dudas con qué siglas se quedarían, Popular es ironía pura con el PP y lo de Socialista y Obrero es de risa en el PSOE. Al final aquello del socialismo del siglo XXI que se inventó Chávez, ya los socialistas españoles lo estaban practicando más al centro, al bodrio, a no saber en qué carro apuntarse. Pero bueno, siempre les quedará sacar la bandera multicolor y el feminismo a ultranza como sus grandes bazas. Recuerdo cuando en Cuba, la educación y la salud ejemplar me eran suficientes. A los españoles, no sé si les bastará tanta purpurina cuando al final hacen lo mismo que la cara azul de la moneda política.

De verdad no imagino cómo se llamarían, porque el Partido Español es uno solo y está en un campo de fútbol, llenando de alegría y orgulloso de ser españoles a quienes lo ocultan por vergüenza ante tanta metedura de pata, pasividad y complacencia de sus representantes políticos. Al final terminarán poniendo un guión entre una y otra sigla, PP-PSOE. ¿Para qué romperse el coco, si todo el mundo sabe que al final haremos lo mismo? Lo que Europa quiera.

Mientras España adormila con la abdicación del Rey Don Juan Carlos y el futuro Príncipe Felipe, desde Europa se afilan los colmillos: “otro representante de objeto decorativo, para cuestiones de protocolo, incapaz de interceptar por el bienestar de los ciudadanos”, pensará Merkel y compañía. Por no decir que lo piensa más de uno en las calles.

Supongo que los Reyes buenos son sólo en los cuentos de hadas y los cuentos de hadas no existen.
P.D. Lo del referéndum es de cuentos, de hadas sí y ya saben…

Adiós Sudáfrica… la fiesta sigue en Brasil

Se acabó lo que se daba, Sudáfrica es historia y un nuevo campeón se suma a la lista de ocho naciones que han conquistado el ansiado trofeo de la Copa Mundial del Fútbol. Este año es de España, campeona absoluta, aunque a muchos les disguste el hecho de que haya sido por diferencia de solo un gol.
La selección ibérica dominó desde el primer minuto el balón para hacer un juego de desgaste, aunque los holandeses arremetían cuando lo tenían entres su pies y dieron muchos sustos y hasta patadas. Las faltas contadas por el inglés Howard Webb ascendieron a 47, había momentos en que el encuentro parecía entre el árbitro y los jugadores.
No obstante, la Naranja Mecánica no pudo con la selección del tiqui-taca y luego de muchas tarjetas amarillas -14 en total- y una roja, que le valiera un hombre menos a los neerlandeses; justo en el minuto 115 el centrocampista del Barcelona, Andrés Iniesta, dio el gol decisivo del partido cuando todo parecía terminar a penaltis, pues ninguno de los dos cedió hasta ese momento en que el terreno se pintó con la furia roja.
El pulpo Paul ya lo había dicho, imponiéndose ante los gurús animales que en el mundo entero no se decidían por ninguna de las dos: España es el campeón, se llevó la gloria a su tierra. Pero, Sudáfrica tuvo otros campeones, siempre presentes en cada uno de los juegos, los fanáticos y más aún las vuvuzelas.
Desde el primer instante irrumpieron en el Mundial. Esas trompetillas ruidosas le dieron mucho que hablar al mundo entero y no pocos intentos de prohibirlas. Todavía recuerdo a mi mamá cuando me decía: “hay un ruido en las transmisiones” y uno le echaba la culpa a la Televisión, pero no, eran las vuvuzelas que como el Comité Olímpico aclaró “son parte de la cultura sudafricana y están aquí para quedarse”.
Sudáfrica ofreció un espectáculo único durante un mes completo. La Copa Mundial de Fútbol de este 2010 entrará a la historia por muchas razones, pero el hecho de ser la primera vez que un país africano la organizara con la misma calidad que cualquier otro, amerita más aún la grandeza de los pueblos del Sur y su capacidad de crecerse.
Será en el 2014 cuando el mundo vuelva a vivir alrededor de un balón de fútbol, las miradas estarán expectantes en Brasil que ya prometió organizar el mejor Mundial jamás visto en el planeta.
Dos manos verdes y una amarilla entrelazadas para representar la silueta del trofeo del Mundial, será el logotipo de este nuevo encuentro que demostrará los talentos de los brasileños y su gusto por el trabajo. Siempre orgullosos de los colores de su bandera, Brasil 2014 será una cita llena de la alegría desbordante del Gigante Sudamericano.
Ahora los dejo con otro fragmento del libro El fútbol de sol a sombra de Eduardo Galeano, dedicado a los domadores de leones y balones de este deporte: el árbitro y el arquero.
Este último partido del mundial sudafricano fue muestra del buen arbitraje necesario en cada encuentro, más aún cuando se decide un lugar tan preciado; así como del desempeño extraordinario de los porteros, en particular el español Iker Casillas, quien recibió el trofeo Guante de Oro de la FIFA al guardameta más destacado del Mundial de Sudáfrica. Ahora, disfruten con Eduardo Galeano:
El árbitro
El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden.
Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.
El arquero
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.
Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores.
Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace.
Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.
Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.

Final sudafricana: ¿pulpos o loros?

Como un encuentro de titanes puede clasificarse la disputa por el 3er lugar de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, que al parecer ha reservado los mejores momentos y goles para sus partidos decisivos. Del supuesto desánimo de Alemania se sintió bien poco en esta penúltima jornada, y los uruguayos salieron con todo y por todo hasta el instante final.
Pese a llevarse la victoria los teutones, merecida por su desenfadado modo de jugar… los uruguayos hicieron sentir su manera exquisita de mover el balón en el campo y estuvieron, hasta segundos antes del toque final, batallando por la presea bronceada. No por gusto los latinoamericanos serán recibidos en su país como si portaran una medalla, pues demostraron ser una de las selecciones más completas de este mundial.
Hoy será otro fantástico juego entre España y Holanda, dos selecciones que han hecho historia en la tierra de Nelson Mandela, y se han crecido de un juego a otro.
¿Quién iba a pensar que tras comenzar el mundial con el pie izquierdo, España estaría colada en la final futbolística? Aunque era y sigue siendo una de las favoritas de esta cita cuatrienal, aquel primer choque representó un mal augurio para su fanaticada, pero los ibéricos han irrumpido en este mundial con un ritmo gitano desenfrenado y habrá que ver si los holandeses pueden pararlos.
Pero, aunque por mis raíces españolas quisiera ver una victoria hispana, ¿quién en Cuba no desciende de la Madre Patria? No se puede dejar de reconocer a los holandeses, quienes históricamente han tenido dos oportunidades de alcanzar la Copa futbolística y ese mal sabor de seguro no lo quieren repetir otra vez. Además, un viejo proverbio reza que a la tercera va la vencida.
No obstante, este mundial ha demostrado que el deporte continúa siendo una cajita de sorpresa y más aún una moneda al aire que tiene dos caras, pero un solo ganador. Y si desde Alemania, el pulpo Paul augura la victoria española; desde Singapur, el loro Mani escogió la carta holandesa como vencedora de esta final. Como para volverse locos y seguir en la incertidumbre de quién alzará el ansiado trofeo sudafricano.
El terreno lo dirá todo, en 90 minutos se decidirá un nuevo campeón del mundo y Sudáfrica pasará a la historia del fútbol como uno de los eventos que más trabajo le ha costado descifrar hasta al más ducho en la materia. Pero no especulemos más, disfrutemos un rato de la tinta del uruguayo Eduardo Galeano, hoy con otro fragmento de El fútbol a sol y sombra, dedicado a los máximos ganadores de cada encuentro: el fanático y el hincha.
El fanático
El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua.
El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío. Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar.
En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el Mal lo obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También está dentro del espectador callado, que en cualquier momento puede llegar a opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su merecido.
El hincha
Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.
*Fotos tomadas de Cubadebate

3, 2… la Copa se nos va

Hoy se disputa el tercer lugar de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, un juego no muy deseado, pues después de haber tenido la oportunidad de saborear el 1er lugar o al menos el pase a la final, los jugadores salen al terreno con los ánimos mermados.
Así se sentirá Alemania, quien ha tenido una de las mejores actuaciones en este torneo, quien seguirá siendo una muralla de hombres ante cada intento de gol, quien juega por instinto con una fiereza propia de leones, de titanes… pero lamentablemente, al igual que en otros años se quedó con las ganas de más, de la victoria. En el 2006 en su propio patio, hoy en suelo africano caen lágrimas teutonas.
Así se sentirá Uruguay, dirían los más escépticos… pero los fanáticos de este equipo, estén en su suelo patrio o en cualquier otro rincón latinoamericano, agradecen a los celestes por brindar una de sus mejores actuaciones en décadas y pintar de América esta final futbolística dominada por los europeos. No fue la esperada tinta blanca y azul de Argentina, pero la selección del Uruguay sacó la cara por los del lado de acá del planeta y se les agradece la energía latina desprendida en sus juegos.
Como sea, este de hoy será un gran juego, sin pulpos y cotorras que adivinen al ganador como hicieron con los finalistas, con menos audiencia que los otros partidos… como sea, como salga, este juego será de todos, así como lo han sido cada uno de los partidos de este mundial que a falta de goles, nos ha dado mucha alegría.
Y para continuar el conteo regresivo para la final de Sudáfrica 2010, les regalo otro fragmento del libro El fútbol a sol y sombra del uruguayo Eduardo Galeano. Ahora con especial énfasis en el ídolo y el jugador de fútbol, en quienes los fanáticos ponen sus esperanzas para ganar los partidos y la tan ansiada victoria final.
Será mañana, a las 2:30 pm –hora de Cuba- cuando se enfrenten en la batalla definitiva España y Holanda. Mientras tanto disfrutemos hoy de un buen encuentro entre Alemania y Uruguay, donde darán todo en el campo, tanto corazón como Eduardo Galeano nos brinda en estas líneas:
El ídolo
Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota.
Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación.
La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.
-¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte!
La pelota ríe, radiante, en el aire. Él la baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán.
Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia:
-¡Con la herradura no!
La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:
-¡Momia!
A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.
El jugador
Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.
*Fotos tomadas de Cubadebate.

"El fútbol a sol y sombra"

Seguimos en los últimos días de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010 con la tinta exquisita de Eduardo Galeano. Hoy con un fragmento de su libro El fútbol a sol y sombra dedicado especialmente a los cabezas pensantes de las selecciones.
Lo apasionante de este juego es la cantidad de factores que tienen que fusionarse para lograr un buen partido. Todos y cada uno de los jugadores tienen que poner el alma en el campo para lograr la victoria, pero lo más importante es no olvidar jamás que no es uno solo, sino un equipo quien hace las mejores jugadas.
Y más allá del equipo, justo en la banquilla, aunque con el corazón en el juego, el hombre que hace y piensa cada jugada como si fuera propia. Aquel que en sus años mozos estuvo dando de sí con el balón entre los pies y ahora lo da desde la distancia, con la energía bien positiva para que su equipo esté como toda una máquina de hacer, con los goles, la alegría de los fanáticos.
De ese que bien le digan seleccionador, director técnico o entrenador, es un factor fundamental en cada juego, a quien se le agradece todas las victorias, pero que es señalado con el dedo tras cada derrota. De ese… nos habla y se cuestiona este cronista uruguayo, Eduardo Galeano, a quien se le agradece tantas ideas geniales para consumir sin consumirnos el cerebro.
Les regalo algunas fotos de mi pueblo Playa Baracoa, donde colgaron banderas de todos los países, como en todos los rincones de Cuba. Gracias a mi hermano Sergio Luis, apenas un pupilo con la cámara, aquí les van las banderas de Argentina y Brasil, los favoritos sudamericanos ausentes en esta final del 2010.
Finaliza el primer tiempo, esto sigue pegadito, caballeros, pero increíblemente sin un solo gol… está escaseando más que el petróleo en el Golfo de México, mucho intento, muchas ganas, pero se siguen derramando en el medio del campo y nadie se acaba de concentrar ¿será posible? Vamos al medio tiempo, mejor me callo, los dejo con Eduardo Galeano:
El director técnico
Antes existía el entrenador, y nadie le prestaba mayor atención. El entrenador murió, calladito la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden. Entonces nació el director técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas.
El entrenador decía:
Vamos a jugar.
El técnico dice:
Vamos a trabajar.
Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1 pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien pueda. A partir de allí, el director técnico desarrolla fórmulas misteriosas como la sagrada concepción de Jesús, y con ellas elabora esquemas tácticos más indescifrables que la Santísima Trinidad.
Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora las jugadas magistrales se dibujan en una computadora y se enseñan en video. Esas perfecciones rara vez se ven, después, en los partidos que la televisión transmite. Más bien la televisión se complace exhibiendo la crispación en el rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose los puños o gritando orientaciones que darían vuelta al partido si alguien pudiera entenderlas.
Los periodistas lo acribillan en la conferencia de prensa, cuando el encuentro termina. El técnico jamás cuenta el secreto de sus victorias, aunque formula admirables explicaciones de sus derrotas:
Las instrucciones eran claras, pero no fueron escuchadas, dice, cuando el equipo pierde por goleada ante un cuadrito de morondanga. O ratifica la confianza en sí mismo, hablando en tercera persona más o menos así: «Los reveses sufridos no empañan la conquista de una claridad conceptual que el técnico ha caracterizado como una síntesis de muchos sacrificios necesarios para llegar a la eficacia».
La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el público le grita:
¡No te mueras nunca!
Y el Domingo que viene lo invita a morirse.
El cree que el futbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi.

Mensaje de paz en el Mundial de Fútbol

Tras la victoria de España frente a los alemanes, la final de esta Copa Mundial de Fútbol dará al mundo un nuevo campeón europeo, y ya constituye para el país ibérico una actuación nunca antes vista en esta justa de balón rodante.
Pese al único gol anotado, que le valiera el pase a España, este juego estuvo matizado por la irrupción inesperada de un fanático quien llevaba una camiseta con la frase Peace in the World, Paz en el mundo. Lo más curioso es que algunos lo han tildado de loco, pero ¿acaso no suele estar la mayor verdad entre los más locos?
Ante una realidad donde la lucha antiterrorista se ha convertido en bandera y slogan del nuevo colonialismo imperial, ojalá el símbolo de Superman junto a las ruidosas vuvuzelas de Sudáfrica que portaba este loco, lleguen a oídos de los sordos que todo lo quieren resolver a golpe de armas, invasión, guerra. Ojalá no se estén alzando en vano los millones de locos que reclaman, como este fans, el fin de la guerra y otros males, antes de que sea tarde, antes de que sea imposible.
Lo último que perderemos serán las esperanzas.
Hoy continúo compartiendo las geniales ideas del uruguayo Eduardo Galeano, quien sin dudas festejará con sus coterráneos la actuación de su selección, única de Sudamérica aún presente en esta primera Copa africana. De su libro El fútbol a sol y sombra, aquí les van dos fragmentos para seguir el conteo regresivo de Sudáfrica 2010.
Aún no se rebasan los primeros 45 minutos, esto nadie se lo esperaba, ni un orgasmo, digo ni un gol, esto es de locos, caballeros… cedo el balón, digo la palabra al cronista Eduardo Galeano:
El fútbol
La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.
El gol
El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.
Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos.
El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco. El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire.

A propósito del Mundial de Fútbol

La fiebre del fútbol ha contagiado al mundo entero, que durante el pasado mes de junio y estos primeros días de julio espera ansioso el desenlace final de esta Copa Mundial, por primera vez en un país africano e irónicamente con un cierre a todas luces europeo.
Grandes partidos se han disfrutado a lo largo de esta jornada y grandes desilusiones también: la salida de los gigantes sudamericanos Argentina y Brasil, así como del campeón de la pasada justa Italia y el subcampeón Francia. No obstante, a algunos nos queda aferrarnos a nuestras raíces españolas, pero luego de tanta sorpresa, nadie se atreve a declarar favoritos y solo nos resta esperar a ver, cual moneda al aire, de quién es la victoria final.
Hasta en la edición de junio de un suplemento digital sobre Feng Shui, hicieron referencia al Mundial de Fútbol como los mundiales de fuego. Según ellos más allá de los resultados deportivos, al realizarse cada cuatro años, los mundiales coinciden siempre con los años Tigre, Caballo o Perro del calendario chino, los cuales forman una de las tres armonías de este horóscopo, también llamada triángulo del Fuego: Tigre-Caballo-Perro.
“Este año es del Tigre, el mundial del 2006 fue en el año del Perro, el 2002 en el del Caballo y así sucesivamente si seguimos el conteo hacia atrás”. Pero más allá de supersticiones y creencias, esta justa constituye, al igual que las olimpiadas, el momento idóneo para que los pueblos del mundo se hermanen en una batalla sin armas, solo con sentimientos encontrados de pertenencia por sus selecciones, sus países que corren en el campo de juego con la esperanza entre los pies.
En un texto que me encontrara del uruguayo Eduardo Galeano, este periodista y ensayista se cuestiona si el fútbol es el opio de los pueblos. Casualmente la selección de este país sudamericano sorprendió a muchos con su irrupción en semifinales, donde dio una batalla singular a los holandeses.
A propósito de los últimos días en que el mundo vive a la expectativa de las emociones de un balón rodante, compartiré con ustedes en los próximos días, algunos artículos de Eduardo Galeno, tomados de su libro El Fútbol a sol y sombra. Corren los primeros 45 minutos y así dice este cronista:
¿El opio de los pueblos?
¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.
El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.
Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió “este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.