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Google Play o los intentos de un gigante

EXCLUSIVO PARA @frikarteweb FRIKARTE
Google vuelve a las andadas en su intento por colarse en todos los mercados posibles e imponerse a cualquier marca establecida como Facebook, Flickr o incluso Apple más allá de la telefonía. Ahora con nombre altisonante surge Google Play, un nuevo servicio que promete agrupar las tan ansiadasaplicaciones Android, la música de su no acertado Google Music, libros y hasta películas.
Un bombazo para quienes quieren disfrutar de todo en un mismo sitio, como estar en casa y no tener que ir al cine. Claro está, si no fuera porque otros sevicios como los de Apple logran la misma interconectividad entre todos sus aparatos electrónicos: la PC, el móvil, la tablet. Google no podía ser menos ya había desembarcado en los móviles con el sistema Android, uno de los más usados los últimos meses y un paso como este era de esperar.
Google Play promete la manzana barata a quienes no llegamos al emporio Apple, pero aún no las da a medias, al menos en España, si no me equivoco solo en los Estados Unidos están disponibles todos los servicios de contenidos en esta nueva súper store. Las aplicaciones de Android están disponibles, pero nada más, aunque ya algunos sitios reportan la llegada eminente de todo lo demás.
Los muchachos de Mountain View son así, primero lanzan el anzuelo a ver cuántos pescan, aunque el producto no esté del todo acabado como su gran ¿fracaso? Google+. No podía ser que Facebook dominara las redes sociales y se les ocurrió crear esta mezcla del sí fracasado Orkut con las pocas imágenes decentes que la gente ha compartido en Picasa. Agregan un tanto de las exitosas páginas de Facebook, jueguitos chulos por allá y tarán un año después no levanta cabeza ni regalando dinero.
La última daga en el cuello para atraer a los usuarios ha sido tomar en cuenta las actualizaciones de Google+ para el posicionamiento en su indiscutible producto estrella el buscador Google. Ahí entraron con buen pie y siguen como los reyes indiscutibles, ni Bing aunque Microsoft lo imponga hasta en su videoconsola Xbox. Eso me recuerda un slogan de Cuba: Lo mío primero.
Y como para buscar hasta las llaves perdidas primero vamos a Google, no han dudado en poner Google Play en su barra de herramientas, entre los Mapas y Youtube, justo en el medio de sus dos mejores ofertas. ¿no me digan que no se han dado cuenta?
Con este nuevo intento Google continúa fidelizando público a sus productos, un día de estos venden calzoncillos Súper G y me los tendré que comprar, ya no solo es el buscador, el navegador, el móvil, los mapas, su consagrado servicio de publicidad por el cual Sarkozy, sí el presidente de Francia, quiere pedir impuesto a las empresas con publicidad online. A algunos se les va la olla.
Los ingresos de Google ascienden a más de 6 000 millones de dólares americanos anuales, un monto que crece por segundo y no ceja en encontrar nuevos espacios. La televisión es la próxima meta tanto de este gigante como de Apple, los rumores de que Steve Jobs dejó mejorado este servicio de su manzana, nos hablan de una discordia por contar, si algún día la televisión e Internet se integran de manera convincente.
Avec Google, los que van a consumir te saludan.

"El fútbol a sol y sombra"

Seguimos en los últimos días de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010 con la tinta exquisita de Eduardo Galeano. Hoy con un fragmento de su libro El fútbol a sol y sombra dedicado especialmente a los cabezas pensantes de las selecciones.
Lo apasionante de este juego es la cantidad de factores que tienen que fusionarse para lograr un buen partido. Todos y cada uno de los jugadores tienen que poner el alma en el campo para lograr la victoria, pero lo más importante es no olvidar jamás que no es uno solo, sino un equipo quien hace las mejores jugadas.
Y más allá del equipo, justo en la banquilla, aunque con el corazón en el juego, el hombre que hace y piensa cada jugada como si fuera propia. Aquel que en sus años mozos estuvo dando de sí con el balón entre los pies y ahora lo da desde la distancia, con la energía bien positiva para que su equipo esté como toda una máquina de hacer, con los goles, la alegría de los fanáticos.
De ese que bien le digan seleccionador, director técnico o entrenador, es un factor fundamental en cada juego, a quien se le agradece todas las victorias, pero que es señalado con el dedo tras cada derrota. De ese… nos habla y se cuestiona este cronista uruguayo, Eduardo Galeano, a quien se le agradece tantas ideas geniales para consumir sin consumirnos el cerebro.
Les regalo algunas fotos de mi pueblo Playa Baracoa, donde colgaron banderas de todos los países, como en todos los rincones de Cuba. Gracias a mi hermano Sergio Luis, apenas un pupilo con la cámara, aquí les van las banderas de Argentina y Brasil, los favoritos sudamericanos ausentes en esta final del 2010.
Finaliza el primer tiempo, esto sigue pegadito, caballeros, pero increíblemente sin un solo gol… está escaseando más que el petróleo en el Golfo de México, mucho intento, muchas ganas, pero se siguen derramando en el medio del campo y nadie se acaba de concentrar ¿será posible? Vamos al medio tiempo, mejor me callo, los dejo con Eduardo Galeano:
El director técnico
Antes existía el entrenador, y nadie le prestaba mayor atención. El entrenador murió, calladito la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden. Entonces nació el director técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas.
El entrenador decía:
Vamos a jugar.
El técnico dice:
Vamos a trabajar.
Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1 pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien pueda. A partir de allí, el director técnico desarrolla fórmulas misteriosas como la sagrada concepción de Jesús, y con ellas elabora esquemas tácticos más indescifrables que la Santísima Trinidad.
Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora las jugadas magistrales se dibujan en una computadora y se enseñan en video. Esas perfecciones rara vez se ven, después, en los partidos que la televisión transmite. Más bien la televisión se complace exhibiendo la crispación en el rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose los puños o gritando orientaciones que darían vuelta al partido si alguien pudiera entenderlas.
Los periodistas lo acribillan en la conferencia de prensa, cuando el encuentro termina. El técnico jamás cuenta el secreto de sus victorias, aunque formula admirables explicaciones de sus derrotas:
Las instrucciones eran claras, pero no fueron escuchadas, dice, cuando el equipo pierde por goleada ante un cuadrito de morondanga. O ratifica la confianza en sí mismo, hablando en tercera persona más o menos así: «Los reveses sufridos no empañan la conquista de una claridad conceptual que el técnico ha caracterizado como una síntesis de muchos sacrificios necesarios para llegar a la eficacia».
La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el público le grita:
¡No te mueras nunca!
Y el Domingo que viene lo invita a morirse.
El cree que el futbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi.

¿Cambiamos el mundo?

Hola a todos, hoy les propongo la última parte de las palabras de Eduardo Galeano sobre el consumismo. Una crónica genial, que nos sitúa en la cruda realidad actual, de la que necesitamos despertar porque sino los patrones de adquirir, consumir y desechar terminaran con todos y cada uno de nosotros. En la edición cero de la nueva publicación de la Universidad de La Habana, La Colina, encontré un cartel de Yahilis Fonseca, estudiante de diseño que denuncia de manera sencilla este fenómeno.
Antes de darle paso a Eduardo Galeno, no quisiera pasar por alto el cumpleaños 15 de mi hermano Adriel, una edad que muchos suelen tomar como punto de salida de la niñez, para dejar atrás todo vestigio de timidez infantil y abrirse así al mundo y a la sociedad del consumo. Una edad en la que las quinceañeras tiran la casa por la ventana, aún si no hay de dónde sacar. Fiestas, ropas, zapatos, fotos con trajes de épocas y estilo Playboy-, y hasta la añorada computadora llega con los 15 años de ternura que cumple la niña y el niño, por supuesto. Pero no quiero criticar los 15, solo apunto ideas vagas, felicidades a mi hermano Adriel y ahora dejemos a Galeano finalizar esta crónica, que como él dice, es acerca de pañales y celulares:
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo, pegatina en el cabello y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Cajones para guardar el futuro

Continuamos con las palabras de Eduardo Galeano sobre el consumismo. Este fragmento tiene una magia única, de aquella que te acerca a los abuelos o tíos que uno veía en ocasiones y en casa de los cuales revisar se volvía una adicción mayor de viaje en viaje. Hoy solo guardamos lo del momento, y a cada rato hay que hacer limpieza para quitarse lo malo de arriba, Cuba es un país con bastante supersticiones y eso se sabe, ni que decir de la brujería.
Otros prefieren guardar las cosas en la memoria, en el baúl de los recuerdos para desempolvarlo a cada instante y trasladarse a épocas pasadas con realidades mejores o simplemente distintas de lo que son hoy. Para los que rondamos los 20 nuestros recuerdos son bien frescos, pero para nuestros padres, tías y abuelos hay mucho de que acordarse. ¿Quién no ha oído en Cuba evocar la carne rusa? ¿Quién no se acuerda de Flipper o aquel estribillo que decía Hay un gran autobús arriba en el cielo…? ¿O de las cajas de fósforo Chispa que acompañaron –casi incendiaron- nuestras casas?
People, para algunos sin dudas los 80 y Rusia marcaron su vida, dice una canción que aún hay quien va al psiquiatra para atenderse por los muñequitos rusos. Pero otros no nos acordamos ni del sabor de la carne rusa y cuando probamos alguna hace poco, nos miran y dicen bah, aquella sabía mejor. Y puede ser cierto, el recuerdo suele tener mejor sabor; aunque algunos veamos aún muñequitos rusos, Flipper o Skippy sigan rondando la televisión cubana, que nos hace volar como el BumBum Chacata a aquellos tiempos.
Ahora comparto con ustedes parte de aquella historia, fotos que me llegaran vía email, ilustrativas de aquel pasado que siempre nos está rondando; pero dejemos al uruguayo Eduardo Galeano rememorar sus cajones:
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos… ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.
NOTA: Estas fotos me las enviaron vía e-mail, el que las conservó en verdad recogió una parte de la historia reciente en Cuba, marcada por la influencia de Rusia. Gracias por hacernos recordar aquellos tiempos…

Ni se guarda, ni se vende:… se bota

Sigo compartiendo con ustedes las palabras de Eduardo Galeano sobre el consumismo, válidas sin duda para una sociedad moderna donde lo viejo es obsoleto, lo nuevo es lo mejor, así dure 3 días o se haga pedazos con el primer golpe. A propósito Cuba tiene la suerte de conservar los autos que en cualquier otro lugar están solo en un museo; no por gusto se conoce a esta isla como un Museo Rodante.
Aprovecho estas palabras de Galeano para regalarles unas fotos de los autos de ayer y hoy que rondan las calles de La Habana. Es maravilloso ver a carros que antaño fueron lo mejor de la industria automotriz junto a los que ahora hacen la envidia de la vía. Esa rivalidad, en ocasiones desapercibida, fue tomada por el lente de una amiga, Albita, y otros amigos en su visita a Cuba. Un pequeño aderezo, pero dejemos que sea el cronista quien hable:
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y bote que ya se viene el modelo nuevo’. Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado. Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

Producimos más y más basura

Un amigo que normalmente me hace llegar cuentos de Pepitos y cadenas interminables al correo electrónico, me obsequió hace poco este texto de Eduardo Galeno que comparto ahora con ustedes. Lamentablemente les debo el nombre de la crónica, que aprovecho para compartir fotos sueltas de La Habana, instantáneas de una ciudad ajena al consumismo desmedido de otras sociedades, pero que como toda urbe tiene de todo un poco. Galeano no habla de La Habana, sino de ese monstruo moderno y feroz que hace cada día más irreconocible nuestras ciudades, que afea sus fachadas, a su gente y hace montones de basureros por doquier. Y dice este cronista:

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.


No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más!

¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.