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Eurovisión, Israel y Palestina: ¿Toy?

El sábado disfrutaba, porque bailar no puedo, con la canción ganadora de Eurovisión 2018. El sábado me alegraba por Netta y su inclusiva Toy, un alegato para acabar con el bullying. El sábado tampoco podía cacarrear, pero repito me alegraba por ella, que con su gracia y arte, alzaba el galardón. Este lunes seguía alegre por Netta, pero no podía dejar de ver con tristeza la nueva escalada de tensión en Israel contra los palestinos: más de 55 muertos y la cifra continúa ascendiendo por los heridos graves.

Este lunes sigo repitiendo en mi cerebro el estribillo: “I’m not your Toy”. Mientras veo las imágenes del desastre que ha causado el Ejército de Israel en la Franja de Gaza. La provocación venía desde el otro lado del Atlántico, el detonante Donald Trump, ese señor que con un tuit hace y deshace a su antojo, al mejor estilo troll, pero que hasta Jerusalén no fue. Él mejor desde casa, desde la Casa Blanca. Allí estuvo la Primera Hija del Señor Presidente de los Estados Unidos, quien con el simple reconocimiento de la Tierra Sagrada como capital de Israel y la apertura de embajada estadounidense en este territorio, donde confluyen y fluyen tantas religiones, ha provocado la ira de cientos de palestinos.

Netta no tiene culpa de haber nacido en Israel. Ella no es un juguete y nosotros tampoco. Los ciudadanos israelíes no son Benjamín Netanyahu. El arte se involucra en política sólo si el artista quiere. El mensaje de ella era claro: inclusión, aceptación, aunque su país predique todo lo contrario.

Netta me sigue alegrando el día y yo no me siento culpable por oírla a ella o a cualquier otro artista que venga de un país con prácticas poco democrática y cuestionables. Israel no ha llevado a buen término su situación en el Medio Oriente, los extremistas israelíes no se han hecho hueco en la zona y han marginado al pueblo palestino.

Israel no es Netta, aunque ella haya representado a Israel. Estados Unidos no es Trump, aunque sus políticas y pasos dados en la región sean cuestionables. La ‘trumpada’ de salir del pacto nuclear con Irán, su discurso retrógrado contra las minorías, antiinmigrante, hasta este gesto de poner la embajada de ese país en Jerusalén justo hoy cuando se cumplen 70 años del establecimiento de Israel y casi los mismos del expolio a los palestinos, no representa a los ciudadanos de Estados Unidos. Ni a muchos de los estadounidenses.

Darfur: el hogar de los fur.

A inicios de 2004 salió a la luz pública uno de los tantos conflictos del continente africano que llevan años sin resolverse y sólo son apreciables por la comunidad internacional cuando llegan al punto de genocidio, hambruna o desplazamiento forzoso. Darfur se enmarca en las llamadas guerras ocultas y fue en 2003 que estalló el enfrentamiento armado entre los habitantes de esta región occidental de Sudán, un país marcado durante el siglo XX por dos guerras civiles entre el gobierno y la zona sur, hoy Sudán del Sur.

La capital de Sudán, Jartum, no estaba dispuesta a reconocer que las acciones en Darfur eran una guerra civil y los redujo al simple conflicto ancestral entre tribus de la región por la escasez de agua y recursos naturales para la subsistencia de los habitantes. Durante siglos han coexistido en los mismos territorios árabes y negros africanos arabizados que han incrementado las diferencias entre unos y otros a medida que el cambio climático reduce las tierras fértiles de Darfur.

El gobierno central de Sudán ha sido incapaz de administrar la región, que durante tres siglos fue un estado independiente, y desde el ascenso de la mayoría árabe al poder se ha obviado los negros africanos de Darfur, incluso en los cargos públicos, donde son minusvalorados por el color de su piel. Así mismo, las infraestructuras de la zona no han tenido ningún cambio considerable durante el siglo pasado, y sólo ha sido por intereses ajenos a Darfur que se han construido carreteras para comunicar Sudán con Libia o Chad.

Con el apoyo del gobierno central, tribus árabes han arrasado Darfur bajo el nombre de janjaweed, sembrando el terror por todas las aldeas donde arrasaban, mataban y violaban a sus habitantes, en su mayoría negros, con total impunidad. Pese a la llamada al alto al fuego de la ONU y de países con peso como los Estados Unidos, la crisis humanitaria en Darfur catalogada como un genocidio, aunque la ONU no lo haya afirmado, continuó hasta 2009, pero aún persisten en la zona tropas no contentas con el tratado firmado con el gobierno de Jartum.

El estallido de esta guerra durante las acciones armadas de la llamada Guerra contra el Terrorismo de Bush en Iraq, desvió la atención del mundo hacia el Medio Oriente y no dio la misma importancia a lo que sucedía en Darfur. El interés creciente de países como China en el petróleo de Sudán, la venta de armas rusas al gobierno sudanés y a los rebeldes, así como los conflictos entre los países de la región, por ejemplo Libia contra Chad, han incrementado la pasividad y en consecuencia la poca acción para evitar tantísimas muertes de hombres y mujeres. Millones.

Darfur es reflejo de un África cada día más olvidada e incomprendida por el resto del mundo, que ha tirado la toalla con el continente negro y deja incluso en manos de la recién creada Unión Africana la resolución de este genocidio. Como dijera Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano: no hay una sola África, son muchas dentro de un gran continente. Sólo en esta región de Sudán hay tantas tribus y conflictos entre ellas, que la sabia de dicho periodista toma total relevancia con el análisis de las vicisitudes en el “hogar de los fur”.

“No conocíamos la palabra janjaweed cuando éramos jóvenes. Los árabes llegaron aquí en busca de pastos y cuando se acabó la hierba, se marcharon. Consumían nuestra hierba, pero se ocupaban de nuestros huertos y de nuestra gente. No había robos, ni ladrones, ni revolución. Nadie pensaba en la dominación; todo el mundo estaba a salvo. Nuestro único temor eran los leones y las hienas. Ahora sólo hay conflictos en todo Sudán. No hay gobierno, no hay control. Miren a su alrededor. ¿Qué ven? Ni una mujer, sólo hombres armados. Ya no somos capaces de reconocer lo que fue nuestra tierra”. 

jeque Heri Rahma de Muzbat, 2005.

NOTA: Este reportaje sobre Darfur ha sido realizada por Laura Campos Cervera, Laura Vivero León y un servidor para la asignatura Periodismo Político y Económico. Nuestras principales fuentes han sido los libros Darfur: historia breve de una larga guerra de Julie Flint y Alex de Waal y Darfur: Coordenadas de un desastre de Alberto Masegosa.

El siguiente documental realizado por Awad Mohamed y Carlos Vázquez, también nos ayudó a aclarar las escasas ideas que trascienden desde las fronteras de Darfur.

¿Premio Nobel de la Paz?

Otra vez el Premio Nobel de la Paz vuelve a encender la polémica para quienes no nos creemos las “buenas intenciones” que, hace unos años, viene moviendo el Comité que otorga este tan ansiado reconocimiento a quienes trabajan en pos de la paz y la fraternidad. Desde 1901 se viene otorgando este premio y 112 años después la fidelidad a su génesis se ve manchada por el momento, el preciso momento en que se lo han otorgado a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ).

Justo cuando en Siria, después de dos años de guerra en la que ningún gobernante quería mancharse las manos, y unas semanas después de la batalla “moral” del presidente Barack Obama –también dudoso Premio Nobel, pero en 2009- contra el uso de armas químicas en dicho país, y su advertencia de intervenir en la zona frenado por el acuerdo con Rusia, el Comité Nobel Noruego se lo da a esta organización con una historia y trayectoria encomiable en la eliminación de las armas químicas desde 2007, pero vuelvo y repito no es el momento adecuado.


Tal vez yo sea un ingenuo, y es el mejor momento para darle un Nobel de la Paz a este organismo y que al resto del mundo no nos quede ninguna duda de lo valedero del trabajo y la opinión de la OPAQ, como han sido otros premios predecesores, sin ir más lejos la Unión Europea en el 2012 por “su contribución durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia, y los derechos humanos en Europa”.

¿En serio la Unión Europea está haciendo una gran labor por preservar el Estado de Bienestar, las libertades y derechos de sus ciudadanos? ¿O es que yo vivo en otra Europa –paralela y maldita– donde los nacionalismos cada vez recuerdan más al nazismo y los inmigrantes sesiguen quedando a la deriva en el mar? Será que yo entiendo mal la idea de Alfred Nobel cuando fundó estos premios y dejó bien claro en su testamento, aclaro que estudie primaria y secundaria fuera de España por aquello de la comprensión lectora, así decía:

“Una parte a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz.”

Claro, según las palabras del propio Nobel, Barack Obama –acabado de llegar a la presidencia de Estados Unidos en 2009– se merecía este Premio de la Paz cuando hoy –cuatro años después– sigue teniendo abierta la cárcel de Guantánamo con prisioneros sin juzgar, dos guerras agónicas en el Medio Oriente –Iraq y Afganistán– que no han llegado a buen puerto, digan lo que digan, y cada año elabora listados con los supuestos países terroristas e inclusive, a tono con el de este 2013: Estados Unidos aún no ha destruido sus armas químicas, como tampoco lo ha hecho Rusia, ambos estados mediadores en el conflicto de Siria y que le exigen la no utilización y destrucción inmediata.

“Algunos ven el mal en el ojo del otro, pero no en el suyo”.

Había tiempos en que el Nobel de la Paz se le daba a hombres, mujeres e instituciones que sí luchaban por la paz y no lo hacían con armas en las manos, si no con sus ideas y acciones: Martin Luther King (1964), la Madre Teresa de Calcuta (1979), Rigoberta Menchú (1992), Nelson Mandela (1993) y la Cruz Roja Internacional, por sólo mencionar algunos.

El Nobel debe mover la conciencia del mundo, ¡qué la agite!, pero teniendo ya cerca el año 2015 cuando se supone vencen los Objetivos del Milenio, hay llamadas de atención más relevantes que certificar con su premio, algunos años manchados, una institución como la OPAQ. Esa asignatura pendiente debería estar ya resuelta para evitar conflictos como los de Siria o cualquier otro. La defensa de la paz no pasa sólo por acabar con una guerra, sino por propiciar el entendimiento de los países del Medio Oriente, o cualquier otro rincón.

Tal vez en 2014 vuelva a tener sentido el Nobel de la Paz, tal vez…

P.D. Como señalan en el diario 20 minutos, hay 189 países suscritos a la OPAQ, incluso Siria pidió unirse en 2012 y entró en vigor el 14 de octubre de este 2013. El 98% de las naciones apoyan la eliminación de las armas químicas, sólo “Sudán del Sur, Angola, Egipto y la República Popular Democrática de Corea ni han firmado, ni se han adherido a la convención”. Así mismo, están pendientes de ratificarla Israel y Myanmar. Y como se dijo en la entrega del premio:

“Algunos estados no han respetado el plazo, que fue en abril de 2012, para la destrucción de sus armas químicas. Esto se aplica especialmente a los EE.UU. y Rusia.”

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