Japón, el tiempo, las lecciones

Hace un año el mundo miró a Japón sobrecogido con la noticia del terremoto y posterior tsunami. Minuto a minuto los medios de comunicación -y este intento de blog, incluido- siguieron lo sucedido: primeros las imágenes y videos escalofriante, luego las cifras cada día en aumento, después la crisis nuclear que nos hizo mirarnos al ombligo.
Junto a todos los datos -lamentablemente a veces contabilizamos demasiados las cosas, las vidas también-, a nuestras casas llegaba la sensación de total falta de dolor en el pueblo japonés. Nadie lloraba, la gente en la calle sufría en silencio y cualquier muestra de desesperación rápidamente corría por la red.
Japon, cualidades de los japoneses
Las diferencias culturales saltaban desde la crisis humanitaria y siempre explicaban con cualquier noticia que en Japón no se puede llorar, si no incrementas la negatividad, algunas madres decían que estaban fuertes por sus hijos, aún recuerdo a la mía cuando me despidió en el aeropuerto de Cuba. Tampoco lloró, las pérdidas por supuesto no son iguales.
Los japoneses se nos dibujaban cual robots, parecía imposible que después de tal catástrofe no hubiera personas lamentándose en las calles, culpando a diestra y siniestra como ocurre en otras regiones. No todos somos iguales, aunque estemos en un mundo globalizado. Al menos con Japón eso quedó claro.
La crisis nuclear puso en alerta al mundo entero, en el Viejo Mundo los gobiernos registaron sus centrales nucleares para limitar el tiempo de uso de las más antiguas. Chernóbil había impresionado en su entonces, pero desde 1986 no se repetía un incidente de tal magnitud. El peligro de explosión nuclear estaba latente y el alcance no podía ser medido por nadie.
Antes de marzo de 2011 en Japón, el tema nuclear era tabú en algunos medios; entre la ciudadanía, un recurso necesario para generar más electricidad y su peligro solo era tomado en cuenta en alguna manifestación ecologista o al visitar sitios como Chernóbil o Hiroshima-Nagasaki, por desgracia también en el país nipón.
Japón volvía a estar en el imaginario popular y no por los mangas, animes o la teconología, si no por el peligro real de la energía atómica. Ahora no provocada por el hombre, como en Hiroshima-Nagasaki, si no por la falta de respuesta ante una catástrofe natural y lo que es peor, lo incontrolable de este tipo de energía.
Saltó a la vista la necesidad de una energía más limpia en el mundo, que no precise de lo nuclear, el petróleo -recurso cada vez más escaso- o del gas natural. Estuvo presente en la agenda informativa el tiempo justo hasta que en Fukushima rebasaron la crisis y el agua volvió a tomar su cauce. 
Hoy se sigue sin investigar e invierten menos en alternativas como la energía solar, eólica o de cualquier otro tipo, no hablo de la que se obtiene de cereales porque me parece muy triste darle de comer a un auto con lo que puede comer  un pueblo entero, para colmo donde lo cosechan.
No son rentables, saltará alguno, pero cuán rentable es la enegía nuclear si en cualquier momento nos puede hacer desaparecer a todos y esa sería la salida más rápida. ¿Qué decir de las toneladas de desechos nucleares ambulando por el mundo? ¿Dónde meteremos eso dentro de 50 años? ¿En la Luna?
A un año de la catástrofe, Japón se recupera prontamente, como no lo ha hecho Haití después de dos años de un suceso similar y no por falta de ayuda humanitaria ¿suficiente? Cuestino mucho, viene en mi naturaleza, pero el país caribeño hoy es gobernado por vándalos que se aprovechan de la desgracia ajena. 
No tienen la organización y temple del pueblo japonés, no solo hablo de los haitianos, nosotros tampoco, aunque quieran verdernos como muy civilizados. En una situación igual habría que vernos.
Así, no somos ni peores, ni mejores que el pueblo japonés, para nada, sencillamente somos diferentes, como no somos iguales a los chinos, a los indios, a los árabes, a los judíos o a los indios del Amazonas.
Somos y lo que vale es la capacidad de tolerancia de cada pueblo, más allá de religiones, sentimientos o maneras de ver la vida. Cuando nos enteremos de eso, podremos evitar los horrores del propio hombre, para concentranos en superar las pruebas de Mamá Natura, esa que nos sigue diciendo lo pequeño que somos aunque queramos tocar el cielo.
Japón ya lo sabe, ojalá nos hayamos enterado.
Anuncios

Acerca de Alberto Arego Pulido

Periodista cubano-español, residente en Madrid, España. Estudiante de la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS. Becario en la sección de redes de El País. El contenido de mi blog está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional. Citar como Alberto Yoan Arego Pulido www.albertoarego.com.
Esta entrada fue publicada en Opinión, Sociedad y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Tu opinión vale

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s